Reproche (apresurado) a Pep

A la hora de las despedidas son inevitables los balances, más o menos apresurados. En este caso, en el del adiós de Pep Guardiola, vinculados a su trayectoria de cuatro años en el banquillo del Barça y a los muchos éxitos deportivos alcanzados en las distintas competiciones, así como a la propuesta futbolística que ha defendido de manera muy consecuente, con muchos más aciertos que errores.

Respecto a los títulos, poco que discutir. Ligas, ‘champions’, mundialitos de clubes, copa, supercopas de Europa y España… hasta un total de 13, de momento, que todavía queda la final de la Copa del cazador de elefantes con otra de las propuestas más atractivas: el Athletic de Bielsa, un equipo joven, de cantera, y que trata muy bien a la pelota. Y, con un poco de fortuna, cuatro palos son muchos en dos partidos, el equipo que dirige estaría ahora clasificado para disputar el título europeo al Bayern.

Con relación al juego, aún menos. Llevo algo más de 40 años viendo fútbol, en los estadios y en la tele. Mis primeras impresiones de su belleza están sentimentalmente unidas al Brasil del 70, el de Pelé, Tostao, Gerson, Jairzinho y Rivelinho, cinco ‘diez’ que hicieron las delicias de millones de espectadores en el Mundial que ganaron a Italia. Junto a otras selecciones de enorme juego, de fútbol total o/y de apuesta alegre y atacante, no siempre ganadoras, como la Holanda del 74 capitaneada por Johan Cruyff; o la canarinha del 82, con Zico y Sócrates; o, en fin, la España de los últimos europeo y mundial.

Calidad

En el ámbito de los clubes, las inevitables referencias son el Ajax de Cruyff, el Milan de Arrigo Sachhi y este Barcelona de estos cuatro últimos años, muy superior, en mi opinión, en calidad individual y en plasmación colectiva, al dream team del flaco en el banquillo o al Madrid de la quinta del Buitre, buenos equipos también.

El Barça de Pep ha supuesto la apuesta más rotunda por el mimo a la pelota y por la concepción de fútbol de ataque y, a la vez, del sacrificio colectivo para recuperar inmediatamente el balón desde que lo capturaba el rival. En esta etapa nos ha ofrecido partidos memorables contra algunos de los mejores equipos del mundo: Real Madrid, Milan, Manchester United, Arsenal… Cierto es que ha tenido en su plantilla a jugadores excepcionales (Messi, Xavi, Iniesta, Busquet…), pero no lo es menos que otros técnicos de relumbrón con jugadores de primerísimo nivel practican un fútbol rácano, defensivo y de mucho menor nivel estético. Y, encima, con peores resultados.

No voy a reprobar a Pep su marcha, aunque como dice un amigo perdemos todos: el Barça y, especialmente, el fútbol; me quedo con todo lo bueno que nos ha dado a los que disfrutamos con la estética de este deporte y respeto su decisión de alejarse un tiempo de la primera línea. Su sucesor, Tito Vilanova, comparte la misma filosofía, por lo que se desprende que habrá una línea de continuidad, con los evidentes toques personales.

Jugar bien

Pero sí que tengo que hacerle a Pep un enorme reproche. Ha colocado tan alto el listón de las excelencias futbolísticas, de las jugadas trenzadas, de las combinaciones imposibles… de convencernos de que la mejor manera de ganar es jugar bien, que ha establecido un verdadero abismo con la inmensa mayoría de equipos realmente existentes.

Se planta uno en un estadio o delante del televisor y, de manera inconsciente, establece comparaciones mentales odiosas. Lo reconozco, la mayoría de los equipos me aburren o me parecen de un nivel técnico mediocre, cuando seguramente no lo son tanto.

Estoy convencido de que, más temprano que tarde, alguien volverá a revolucionar los conceptos del fútbol. Y, asimismo, quiero expresar mi más sincero deseo de que no triunfen, en ningún caso, los que son felices poniendo una guagua delante de la portería y, empeñados en ganar ‘como sea’, alimentan todo tipo de bostezos.

Hasta pronto Pep. ¡Viva el fútbol!

———————– Puedes seguirme también en Twitter: @EnriqueBeth

Y, como regalo a los más futboleros, dos textos de Galeano sobre fútbol.


El Mundial del 70

En Praga moría Jiri Trnka, maestro del cine de marionetas, y en Londres moría Bertrand Russell, tras casi un siglo de vida muy viva. A los veinte años de edad, el poeta Rugama caía en Managua, peleando solito contra un batallón de la dictadura de Somoza. El mundo perdía su música: se desintegraban los Beatles, por sobredosis de éxito, y por sobredosis de drogas se nos iban el guitarrista Jimi Hendrix y la cantante Janis Joplin.

Un ciclón arrasaba Pakistán y un terremoto borraba quince ciudades de los Andes peruanos. En Washington ya nadie creía en la guerra de Vietnam pero la guerra seguía, según el Pentágono los muertos sumaban un millón, mientras los generales norteamericanos huían hacia adelante invadiendo Camboya. Allende iniciaba su campaña hacia la presidencia de Chile, después de tres derrotas, y prometía dar leche a todos los niños y nacionalizar el cobre. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro que iba a desplomarse en cuestión de horas. Comenzaba la primera huelga en la historia del Vaticano, en Roma se cruzaban de brazos los funcionarios del Santo Padre, mientras en México movían las piernas los jugadores de dieciséis países y comenzaba el noveno Campeonato Mundial de Fútbol.

Participaron nueve equipos europeos, cinco americanos, Israel y Marruecos. En el partido inaugural, el juez alzó por primera vez una tarjeta amarilla. La tarjeta amarilla, señal de amonestación, y la tarjeta roja, señal de expulsión, no fueron las únicas novedades del Mundial de México. El reglamento autorizó a cambiar dos jugadores en el curso de cada partido. Hasta entonces, sólo el arquero podía ser sustituido, en caso de lesión; y no resultaba muy difícil reducir a patadas al elenco adversario.

Imágenes de la Copa del 70: la estampa de Beckenbauer, con un brazo atado, batiéndose hasta el último minuto; fervor de Tostão, recién operado de un ojo y aguantándose a pie firme todos los partidos; las volanderías de Pelé en su último Mundial: «Saltamos juntos», contó Burgnich, el defensa italiano que lo marcaba, «pero cuando volví a tierra, ví que Pelé se mantenía suspendido en la altura».
Cuatro campeones del mundo, Brasil, Italia, Alemania y Uruguay, disputaron las semifinales. Alemania ocupó el tercer lugar, Uruguay el cuarto. En la final, Brasil apabulló a Italia 4 a 1. La prensa inglesa comentó: «Debería estar prohibido un fútbol tan bello». El último gol se recuerda de pie: la pelota pasó por todo Brasil, la tocaron los once, y por fin Pelé la puso en bandeja, sin mirar, para que rematara Carlos Alberto, que venía en tromba.

El Torpedo Müller, de Alemania, encabezó la tabla de goleadores, con diez tantos, seguido por el brasileño Jairzinho, con siete.

Campeón invicto por tercera vez, Brasil se quedó con la copa Rimet en propiedad. A fines de 1983, la copa fue robada y vendida, después de ser reducida a casi dos quilos de oro puro. Una copia ocupa su lugar en las vitrinas.

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La pelota como bandera

¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencia sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en que la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del 78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió “este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

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