El país de las políticas antipersonas

Las políticas antipersonas, las que vienen aplicando numerosos gobiernos, en el Estado y en las comunidades autónomas, son como las tristemente famosas minas. Pueden matarte directamente, es una posibilidad. Pero no es su único y fundamental objetivo. También pueden dejarte secuelas de por vida, amputaciones, lesiones de todo tipo y, asimismo, graves problemas psicológicos personales y, paralelamente, la desmoralización de una parte importante de la sociedad, resignada al miedo, al sufrimiento y a la derrota.

Las hay de los más variados tipos. La reforma laboral, por ejemplo, que colabora eficazmente en el incremento de la legión de desempleados, condenando al empobrecimiento, a la humillación y a la depresión a los expulsados del mundo laboral. Y, al tiempo, funcionando como eficaz elemento de control contra los que todavía trabajan: o se someten a las más perversas condiciones o saben claramente dónde pueden terminar sus días. Y sus esperanzas.

Están, igualmente, los recortes y los repagos sanitarios, que empeoran la atención que reciben los pacientes, alargan las listas de espera, dificultan la continuidad de imprescindibles tratamientos por falta de capacidad económica o excluyen a colectivos sociales, en una decisión que habría logrado el aplauso del propio doctor Mengele.

Banca

Las políticas antipersonas también posibilitan que se inyecten millonarias cantidades de dinero público a la Banca a cambio, exactamente, de nada. Y que esta, en agradecimiento, ejecute desahucios sin el menor sentimiento, dejando en la calle a centenares de miles de familias por el delito de ser víctimas de la crisis: desempleados y empobrecidos y, encima, sin un mísero techo.

En otras ocasiones el campo elegido para su colocación es la atención a las personas mayores y dependientes, disminuyendo significativamente su autonomía y calidad de vida; y, de paso, dificultando el desarrollo personal de quienes les apoyan, esencialmente mujeres.

Las políticas antipersonas no entienden de edades. También se ceban en la infancia, con un porcentaje cada vez mayor de niñas y niños situados por debajo del umbral de la pobreza. Con miles de menores desnutridos. Con un sistema educativo que quiere acabar con los niveles de equidad tan duramente conquistados y apostar, claramente, por la segregación.

O con los jóvenes, más de la mitad sin posibilidad alguna de conseguir empleo, obligados a seguir viviendo con sus padres mucho más allá de los treinta años o empujados nada sutilmente a la emigración, al exilio económico. Expulsados, asimismo, de las universidades por unas tasas brutalmente incrementadas (por encima del 42%), mientras las becas se congelan.

Desactivar

Estos días se debatió el Estado de la Nación en el Congreso de los Diputados. Se hablará de macroeconomía, de déficit y deuda. Y de la continuidad, o profundización, de las actuales políticas. Y mañana la gente seguirá sufriendo en el país de las políticas antipersonas.

Como se sabe, las minas antipersonas prolongan sus terribles daños durante décadas. Eliminarlas no es fácil. Y resulta, además, muy costoso. Dicen que colocar cada una de ellas supone apenas 2 euros, pero desactivarla está por encima de los 700.

Con las políticas antipersonas sucede algo similar: todo lo que están destruyendo hoy (sanidad, educación, dependencia, relaciones laborales con un mínimo de equilibrio…), en pocos años, costará muchas décadas poder recuperarlo. Y ni siquiera existe garantía alguna de poder lograrlo: están construyendo un mundo mucho más injusto; y lo hacen, no les quepa duda, con intención de perpetuidad.

———-Puedes seguirme también en Twitter: @EnriqueBeth

Y de musical regalo: Para escuchar sin prisa: Alfredo Zitarrosa: ´Guitarra negra’

http://www.youtube.com/watch?v=4bgyqoHcM7k

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